sábado, 28 de abril de 2012

EL MISTERIO DE LA NUEVA RAZA DE MONSTRUO DE LOS CALCETINES


La cuestión era la siguiente: cada vez que dos calcetines entraban en la lavadora para lavarse, solo salía uno. Era indiferente que el superviviente de los calcetines fuese el derecho o el izquierdo, pues siempre solo quedaba uno.

Ante tal misterio, la señora Julia mandó llamar a la especialista en fenómenos extraños del ayuntamiento. Acudió enseguida. Se llamaba Bibiana García y era capaz de descifrar cualquier misterio doméstico que tuviera relación con seres extraños. Bibiana García montó una serie de sensores alrededor de la lavadora e hizo pruebas de todo tipo. Se trajo calcetines para hacer experimentos de todos los colores y tamaños y hasta probó con guantes, que también van a pares. 

Los guantes sufrieron el mismo efecto que los calcetines, siempre desaparecía uno. Sin embargo, la criatura en cuestión no aparecía. Estaba allí, sin duda, pero no era localizable ni con la última tecnología en detección de criaturas extrañas. La hipótesis que lanzó Bibiana García fue que se trataba de una mutación de monstruo de los calcetines que resultaba invisible e indetectable a todo aquel montón de aparatos ultrasensibles. La especialista del ayuntamiento compartió sus experiencias con colegas de todo el país y todos estuvieron de acuerdo en que se trataba de una mutación del monstruo de los calcetines común. 

El ayuntamiento le regaló una lavadora nueva a la señora Julia y se llevaron la vieja al laboratorio para seguir haciéndole pruebas. Querían descubrir, fuera cómo fuera, cómo era aquella nueva especie de monstruo de los calcetines, al que le dieron el nombre científico de monstruus tibialium imperceptibilis, diferente, por tanto, del monstruus tibialium domesticus. 

Sin embargo, no había manera de localizarlo, de obtener una imagen de él. Seguía viviendo en aquella lavadora, porque tras cada lavado que se hacía, siempre faltaba un calcetín. Y, de hecho, nunca llegaron a descubrirlo, para desesperación de Bibiana García y del resto del equipo. 

Y un buen día, cuando la señora de la limpieza entró en el laboratorio, se encontró que los científicos aún trabajaban. Entonces se dirigió curiosa a Bibiana García y le preguntó: 

— Oiga, ¿es esta la lavadora que se come un calcetín sí y otro no? 

— Sí, señora, pero no estorbes ahora, que estamos haciendo experimentos. 

— ¿Y no podría ser que fuera la propia lavadora la que se come los calcetines? —preguntó la mujer—. Es que en mi casa, la lavadora se come los calzoncillos de mi marido...

Todos se quedaron de piedra. A ninguno de aquellos científicos se le había ocurrido pensar que no se tratara de un monstruo de los calcetines diferente, sino que, sencillamente, fuera la propia lavadora la que se comía uno de cada dos calcetines, porque también ella tenía hambre y era una glotona de calcetines impares. Quizás cada lavadora tuviera sus propios gustos.

© Frantz Ferentz, 2012


EL CAZADOR Y LA LIEBRE



El cazador, bien equipado con una escopeta de dos cañones, se agazapó tras una roca y se dispuso a disparar a la liebre que, tranquilamente, mordisqueaba unas hierbas a 50 metros de él.

Poco a poco fue apretando el gatillo, hasta que, de repente, notó aquel "clic" previo al disparo.

Pero no hubo disparo.

No.

Disparo no, hubo otra cosa. Una cosa difícil de definir, pero vamos a intentarlo. Lo que ocurrió realmente es que el cazador, a ir a apretar el gatillo, no llegó a disparar, sino que, de repente, vio sus papeles cambiados con la liebre.

Él mordisqueaba unas hierbas —cómo podían comer aquella porquería las liebres, puaj, qué asco—, mientras que la liebre lo apuntaba a él con la escopeta de dos cañones. El cazador estaba seguro de que aquel animal le iba a disparar, seguro que se vengaría por todos los ejemplares de su especie que él había cazado a lo largo de los años.

Pero ahí se equivocó. La liebre, por medio de gestos, obligó a avanzar al hombre amenazándolo con la escopeta hasta el corazón del bosque, allí donde nunca llegaba ser humano alguno (al menos de momento, aunque alguien ya se construirá por allí un chalecito). El hombre llegó a un claro del bosque donde había una asamblea de animales. De repente, como por arte de magia, el hombre entendió el lenguaje de los animales.

Una tortuga grande como un autobús salió de entre la multitud y le dijo al cazador:

— Ya veo que la liebre te ha fichado para correr contra mí, ¿eh? Dice que soy una tramposa, pero es que ella tiene mal perder. A ver cómo te portas, humano... Hala, desnúdate y descálzate para correr.

Y a su alrededor, el cazador oyó el estruendo de los animales gritando sus apuestas.


© Frantz Ferentz, 2012

lunes, 9 de abril de 2012

CUANDO MARÍA SOPLA LAS VELAS


– Feliz cumpleaños, María. Sopla las velas...

Y María sopló las velas con todas sus fuerzas. Y la llamita que sopló de todas las velas salió por la ventana que entonces estaba abierta porque hacía buen tiempo –era abril– y voló por los aires de la ciudad.

Primero pasó por debajo los ojos de un niño que lloraba, pero le enjugó las lágrimas, evaporándoselas y haciendo un arco iris que hizo sonreír al niño.

La llamita siguió por la ciudad y llegó hasta una paisana que, sentada en un banco, buscaba inspiración para un discurso sobre la vida, mientras se miraba el ombligo. La llamita le entró suavemente por la nariz y le hizo cosquillas. La paisana estornudó y la llamita salió disparada, pero le dejó dentro un par de ideas para escribir un discurso sobre el valor de mirar para fuera y no al propio ombligo que ya lo tenemos muy visto.

La llamita todavía siguió volando hasta llegar hasta la casa de una anciana que se había quedado sin cerillas y no podía encender el horno para hacerles una tarta a los nietos que, justo ese día, la iban a visitar porque era, mira qué casualidad, su cumpleaños. La llamita, ya debilitada, se metió en el horno y lo encendió. La viejecita pudo usar el horno y hacer tarta.

Ya la llamita estaba casi exhausta, pero todavía pudo volver a casa de María y entrar por la ventana, mientras a María le preguntaban:

– ¿Has pedido un deseo?

– Sí.

– ¿Y cuál ha sido?

– Solo he deseado que desear sirva para algo... Pero me da que no vale para nada...

Pero se equivocaba... y mucho. Justo en ese momento, la llamita se posó en una de las velas de la tarta y la encendió. María la miró asombrada y se quedó toda pensativa. Quizás la llamita...


*   *   *




– Feliz cumpleaños, María. Sopla les veles...

Y María sopló les veles con toles sos fuercies. Y la llamina que sopló de toles veles salió pela ventana, que daquella taba abierta porque diba bon tiempu –yera abril– y esnaló pel aire de la ciudá. 

Primero pasó per baxo los güeyos d'un neñu que lloraba, pero enxugó-y les llárimes, evaporándo-yles y faciendo un arcu la vieya que fizo sorreír al neñu.

La llamina siguió pela ciudá y aportó hasta una paisana que, sentada nun bancu, buscaba inspiración pa un discursu sobre la vida mientres se miraba l'embiligu. La llamina entró-y seliquino pela nariz y fíxo-y cellergues. La paisana espirrió y la llamina salió, pero dexó-y dientro un par d'idees pa escribir un discursu sobre 'l valor de mirar más pa fuera y non pal propiu embiligu, que yá lu tenía pervistu.

La llamina inda siguió volando hasta aportar hasta la casa d'una anciana que quedara ensin mistos y nun podía prender el fornu pa face-yos una tarta a los nietos, que xusto aquel día diben visitala porque yera, mira qué casualidá, el so cumpleaños. La llamina, yá floxina, metióse en fornu y prendiólu. La vieyina pudo usar el fornu y faer la tarta.

Yá la llamina taba cuasi esausta, pero inda tornó pa la casa de Mar y entró pela ventana, mientres a María-y entrugaben:

– ¿Pidisti un deséu?

– Sí.

– ¿Y cuál foi?

– Namás deseyé que desear sirva pa daqué... Pero pamidea que nun val pa nada...

Pero enquivocábase... y muncho. Xusto nesi momentu, la llamina posó nuna de les veles de la tarta y prendióla. María miróla plasmada y quedó pensatible. Seique la llamina... 


 

© Frantz Ferentz



domingo, 8 de abril de 2012

EL CABALLERO QUE ODIABA A LAS PRINCESAS


– Nunca, nunca, voy a querer casarme con una princesa. Me dan asco todas ellas... Son tontas, melindrosas y ni saben besar –dijo todo convencido el caballero Arnoldo Lexiconio, famoso por sus hazañas a lo largo y ancho de los desiertos africanos y asiáticos, poseedor del título de mayor cazador de dragones de su época. 

Ante aquellas palabras, su madre, que siempre lo acompañaba en sus campañas, se quedó boquiabierta. Su madre era una madre de esas que se creía que su hijo sin ella era un inútil y que, por  tanto, tenía que acompañarlo a todas partes, como si fuera su sombra, porque un caballero andante, por muy valiente que fuera, necesitaba a alguien que le lavara la ropa, le preparara las comiditas y le acariciara la cabeza antes de dormir. Pero ella se veía vieja y sabía que, en el futuro, su hijo se tendría que casar con una princesa –los caballeros siempre se casan con princesas y llegan a ser reyes–, pero aquel hijo suyo no quería. ¿Cómo era posible? ¿Dónde se había visto una cosa así? 

– Entonces, hijo mío, ¿cómo puedes estar tan seguro de que no te quieres casar con una princesa? –preguntó llena de angustia la madre. 

– Mamá, todas las noches sueño que me besa una princesa y te aseguro que es la cosa más asquerosa que he sentido en mi vida –respondió el hijo poniendo la mayor cara de asco que uno pueda imaginar. 

– Pero son solo sueños, mi rey –trató de justificar la madre. 

– Puede que sean sueños –dijo él–, pero yo los siento muy reales. Noto unos labios que se me acercan, que me besan y empiezo a sentir tanto asco. Y veo que se trata de una princesa con la boca muy grande y llena de baba y unos ojos inmensos, como de pez... 

Por eso, cuando el caballero Arnoldo Lexiconio salvó el reino de al-Gharbia de una familia de dragones enanos –que son muy peligrosos, porque, aunque sean pequeños, atacan en equipo–, el rey Ahmed IV quiso dar la mano de sus tres hijas al caballero, pero este no aceptó. El rey se sintió humillado por haberle sido rechazada aquella ofrenda tan generosa y mandó a sus guardias contra el caballero. Este, a pesar de haber sido un héroe, fue enviado a prisión en medio del desierto, con su madre y su inseparable dromedaria Saltadunas. El rey le soltó una terrible amenaza: 

– O te casas con una de mis hijas, o te quedas ahí hasta el final de tu vida. 

Qué situación tan triste era aquella para el bravo caballero Arnoldo. Prefería mil veces luchar contra dragones y criaturas peligrosas antes que tener que decidir con qué princesa se iba a casar. Pero lo peor de todo era tener que aguantar todo el tiempo las lamentaciones de su madre: 

– ¿Lo ves, hijo mío? Ya te dijo hace mucho tiempo que tenías que casarte con una princesa. Por eso hemos llegado a este punto y ahora ni sé si conseguiremos sobrevivir... 

Pero el caballero no decía nada, solo se pasaba todo el día sentado en una roca y veía como se pasaban las horas. Solo contaba con la amistad de su dromedaria que se quedaba a su lado todo el tiempo. Sin embargo, algo terrible seguía sucediendo por las noches: seguía soñando que era besado por diversas princesas, todas ellas feas, de grandes bocas y ojos de pez... Aquellas pesadillas se repetían todas las noches. Era tan infeliz... 

Pero la vida en aquella prisión del desierto era muy aburrida. El caballero Arnoldo no podía pasarse todo el tiempo soñando de noche con princesas asquerosas y de día mirando a la arena, aunque su madre fuera capaz de sorprenderlo cada día con bocaditos deliciosos. Hizo saber al rey que aceptaría la mano de una de las princesas, sus hijas. El rey, muy contento, mandó traer a Arnoldo, su madre y la dromedaria. Las princesas, cubiertas con velos, no eran visibles. Ni siquiera sus ojos se veían. Iban las tres vestidas iguales, con telas de algodón, y tenían la misma altura. 

– Oh, mi rey, no sé cual escoger. No puedo siquiera verles los ojos –dijo el caballero. 

– Tiene que ser así –explicó el rey–. Así lo dice nuestra religión. Pero también puedes casarte con las tres, si lo deseas. 

– Buen rey Ahmed, es mi religión la que no me permite casarme con tres mujeres. 

– Entonces te casas con dos... 

– Tampoco. Solo puedo casarme con una. 

– Sea pues. Pero tenemos que arreglar esto de alguna manera. 

– Estoy de acuerdo. Majestad, yo propongo que sean vuestras hijas las que decidan cuál se quiere conmigo casar. 

El rey se quedó muy sorprendido. Esa no era la costumbre. Pero tampoco había ninguna ley que dijera que una princesa no podía escoger con qué caballero podía casarse. 

Las princesas fueron consultadas. Ellas estuvieron de acuerdo, pero pidieron que las besase el caballero durante la noche a oscuras, para que, según el beso, una de ellas escogiera al caballero. El rey estuvo de acuerdo con aquella propuesta. 

Cuando llegó la noche, el caballero se levantó para ir hasta el cuarto de la primera princesa. Como estaba todo tan oscuro, se perdió y acabó en los establos. A causa del calorcito agradable que hacía allá dentro, se cayó en la paja y se quedó dormido al instante. Cuando amaneció, se encontró rodeado de vacas que lo miraban con ojos tiernos. 

Por la mañana, fue convocado por el rey. El caballero iba a explicar que no había podido cumplir su tarea, pero antes de que hablase, ya el rey había pedido a las princesas que hablaran. 

– ¿Fuisteis besadas por el caballero, oh hijas mías? 

– Lo fuimos –respondieron ellas a la vez. 

– ¿Y cuál de vosotras se quiere casar con él? 

– Yo no –dijo la primera. 

– Yo no –dijo la segunda. 

– Yo no –dijo la tercera. 

Tanto el rey como el caballero se quedaron con la boca abierta. El rey pensaba que aquello era muy extraño, pero el caballero pensaba que era más que extraño, era siniestro, porque él no había besado a ninguna princesa. 

– ¿Por qué, oh hijas, no queréis casaros con el caballero ninguna de vosotras? 

La respuesta fue única: 

– Porque él besa con unos labios enormes llenos de baba y unos ojos de pez que dan asco. 

Al caballero, al oír aquellas palabras, aquello le recordó la descripción de los besos de sus sueños. 

El rey, hombre justo, decidió entonces: 

– Como mis hijas no quieren casarse contigo, eres libre para irte con tu madre y tu dromedaria. 

– Sois un hombre muy justo, oh rey Ahmed –respondió el caballero Arnoldo–. Quedad en paz, vos y vuestro reino. 

Y el caballero se fue con la madre y la dromedaria Saltadunas, pero aquella misma noche, ya en el desierto, volvió a tener las mismas pesadillas de ser besado por una princesa fea como una legión de brujas, lo que le hizo sentir un profundo asco, como cada vez que era besado en sueños... Y así siguió siendo durante mucho tiempo, con pesadillas semejantes todas las noches, aunque ni sospechaba que los besos no eran imaginados, sino reales, y que era su propia dromedaria la que lo besaba todas las noches cuando él ya roncaba plácidamente. Sin embargo, la madre del caballero, no paraba de decirle que ya era hora de que dejase de ir matando dragones y se dedicase a buscarse una esposa.

Y la encontró un día. Y resultó ser una criadora de dromedarios, lo que enseguida despertó los celos de Saltadunas. Pero esa ya es otra historia.


© Frantz Ferentz, 2012

miércoles, 4 de abril de 2012

CUANDO CHILLAN LAS GAVIOTAS


Las gaviotas del barrio de Fontecadelas tenían fama de ser las gaviotas más ruidosas de todo el continente europeo. No había manera de hacerlas callar. Cuando se ponían de acuerdo para chillar todas al mismo tiempo, los vecinos se desesperaban y, si eran horas de dormir, nadie dormía... bueno, nadie, no, don Claudio sí, porque era sordo del todo y ya podían disparar un cañón al lado de su oreja que se pensaba que era un mosquito. 

Los vecinos hicieron juntas y juntas para tratar el tema, pero nadie tenía la menor idea de cómo se podía hacer callar a las gaviotas. Tampoco se podían molestar, porque había una ley que impedía hacerles cualquier mal, por lo que la propuesta de ponerles un trozo de esparadrapo alrededor del pico a todas ellas no pudo ser llevada a cabo, aunque contara con el apoyo de todos los vecinos. 

Por eso, pusieron un anuncio en el periódico que decía: «Comunidad de vecinos del barrio de Fontecadelas busca experto que acabe con el caos de los cantos de las gaviotas sin molestarlas». Solo hubo una respuesta a aquel anuncio y llegó de la mano de una joven muy delgada con los cabellos rizados llamada Lucía Dapena, y un poco de pena sí que daba verla. Ella dijo a los vecinos en una junta que acabaría con su problema por solo quinientos euros y una bolsa de palomitas de maíz a colores. 

Los vecinos aceptaron. Nadie, sin embargo, sabía qué es lo que iba iba a hacer. Creyeron que, tal vez, tendría algún método secreto o que, a lo mejor, se podía comunicar telepáticamente con las gaviotas para convencerlas de que se callaran. Pero no ocurrió nada de eso. Apareció vestida de directora de orquesta, con batuta incluida. Se plantó en medio del puerto, que era donde estaban la mayoría de las gaviotas y empezó a agitar la batuta como una loca, a toda velocidad. Las gaviotas no la perdían de vista, de manera que el resto de gaviotas del barrio se concentraron en el puerto hasta formar un semicírculo. Comenzaron todas a chillar, con lo cual los vecinos pensaron que llegaba el fin del mundo, pero, poco a poco, los chillidos fueron convirtiéndose en cantos harmónicos, rítmicos, agrupados, con tonalidades suaves. Y la joven dirigía aquel coro de gaviotas, haciendo entrar a unas y callar a otras, distinguiendo entre tenores y sopranos... 

Al final, acudieron los vecinos para aplaudir y las gaviotas bajaron la cabeza desde lo alto de los edificios para agradecer los aplausos. Había Sido un concierto espectacular. Tanto fue así, que poco tiempo después la televisión fue a transmitir el concierto de gaviotas y, poco a poco, comenzaron a llegar los turistas para disfrutar de aquel espectáculo de chillidos de gaviota en concierto. 

Y aquello habría acabado bien de no ser porque, después de conseguir armonizar los cantos de las gaviotas, Lucía Dapena decidió cambiar de aires y marchar lejos de allí para dedicarse a enseñarles a los pingüinos a  jugar al voleibol. Y el problema ahora no es que las gaviotas chillen caóticas como antes, sino que, cuando intentan dar un concierto, desafinan horrorosamente, lo cual es aún peor.


© Frantz Ferentz, 2012

sábado, 17 de marzo de 2012

CUANDO CARLOS QUISO TOCAR LAS NUBES




— Abuelo, abuelo, la semana pasada viajamos en avión y volamos por encima de las nubes...

— Qué bien, Carlos. Pero es muy caro eso de viajar en avión, ¿no? Se hace pocas veces.

— Sí, pero mola.

— ¿Y tocaste las nubes?

— ¡Nooooo, eso no se puede! El avión está cerrado y no se puede sacar la mano para tocar las nubes.

— Claro, porque las nubes no se tocan, te tocan ellas a ti.

— Tienes más fantasía que yo, abuelo.

— Pues a mí en la aldea sí que me tocan las nubes.

— Abuelo, que soy un niño, pero no soy tonto. Ni aunque te subas en una gallina vas tú a poder volar y surcar los cielos para tocar las nubes ni que te toquen. Venga, no me cuentes cuentos chinos.

— Carlos, estoy hablando completamente en serio. En la aldea muchas veces me tocan las nubes.

— ¡¡Que no me cuentes batallas!!

— No te cuento ninguna batalla. ¿Quieres que te lo demuestre?

— Sí.

— Pues les dices a tus padres que te traigan para el fin de semana...

Carlos pidió y pidió a los padres que lo llevaran a la aldea con el abuelo aquel mismo fin de semana. Sería complicado, porque el padre quería ir a jugar al golf y la madre quería ir a un desfile de modas. No tenían tiempo para llevar al niño a ningún lado. Por eso, Carlos pidió al chófer del padre que lo llevara a la aldea. Los padres ni lo iban a echar de menos, ni tampoco su hermana. El chófer, por su parte, no iba a decir nada, solo le pidió llevar también a su propio hijo Alberto, que nunca había salido de la ciudad.

A Carlos no le importó. Conocía a Alberto. Era un buen tipo, más o menos de su edad. El pobrecillo no viajaba nunca, eso era cierto, pero tenía una microconsola que sabía usar como un maestro. A veces, cuando el padre de Alberto estaba llevando al padre de Carlos por la ciudad, el chaval se quedaba en la casa de los jefes del padre y podían jugar juntos a la consola o navegar por la red. Eso había hecho que se conocieran y se llevaran bien.

A Carlos no es que le gustara ir a la aldea. Al contrario, le parecía un rollo. Hasta tenían bichos: gallinas ensuciando el suelo, cerdos revolcándose en el barros, burros rebuznando cuando les daba por ahí. Que asco de sitio. No entendía cómo el abuelo quería seguir viviendo allí. Podría vivir en la ciudad con ellos, que tenían un montón de dinero y mucho espacio. Hasta podría tener algún jilguero para hacerle compañía. Iban a la aldea de vez en cuando, bueno, de hecho iban una sola vez al año, solo un día, para celebrar el cumpleaños del abuelo. Y ya bastaba.

Pero en aquella ocasión, el abuelo había dicho algo que era absurdo. El pobre se estaba haciendo viejo. Le iba a demostrar que se equivocaba. Y así, a primera hora de la mañana del sábado —el viaje desde la ciudad duraba dos horas—, ya estaban en la aldea. El chófer tuvo que regresar, pero dijo que volvería al día siguiente a por ellos.

El abuelo se puso muy contento de ver al nieto y acogió también a su amigo Carlos. Les dio bizcochos para desayunar. Carlos nunca había probado aquello, él siempre comía unos cereales muy especiales rellenos de miel y cubiertos de chocolate carísimos que le traían del Reino Unido, por lo que los bizcochos le parecieron extraños, extraños pero buenos. Alberto, por su parte, se hinchó a comer bizcochos y hasta galletas caseras que tenía el abuelo en casa y que hacía la tía abuela Hermelina, de la cual Carlos había oído hablar, pero que no había visto en la vida. 

Gente de aldea, al fin y al cabo.

— Abuelo, vamos ya a tocar las nubes —exigió el chaval.

— No se puede.

— ¿Ves? Ya me parecía a mí. Me has hecho venir para nada.

— No es eso. Quería decir que no se puede ahora, que solo lo podremos hacer al alba.

— ¿Al alba?

— Sí, hay que partir muy temprano, antes de que el sol nazca e ir hasta el lugar adecuado.

— ¿Y en qué volaremos? —terció luego Alberto, quien ya se imaginaba a todos ellos volando a lomos de un águila o algo así, alto, muy alto, rozando las nubes con la cabeza.

— Cuánta fantasía —dijo el abuelo sonriendo—. Mañana ya veréis.

Se pasaron todo el día paseando por la aldea. Carlos y Alberto montaron en burro. Carlos ya había montado a caballo, por eso no le encontró mucha gracia a aquello, pero Alberto nunca había montado en nada que se moviera solo, por lo que le pareció estupendo. Hasta echaron una carrera de burros, lo cual ya era más divertido. 

Además, en la aldea había epidemia de gripe, por lo que desde las calles se oía perfectamente cómo la gente estornudaba y se sonaba las narices. Alberto tuvo la idea de ir grabando todos esos sonidos con su miniconsola y cuando volvieron a casa, se dedicó a combinar estornudos, sonadas de mocos y algún rebuzno disperso para montar una especie de composición musical que casi sonaba como un rap.

Y fue así cómo se pasó el día. Los chavales tuvieron que dormir en el sofá. Carlos no estaba acostumbrado a aquello, Alberto sí. Carlos no pudo dormir, no hacía más que escuchar todos los sonidos nocturnos de fuera, desde la lechuza hasta el viento silbando. Era tremendo. No tenía nada que ver con las bocinas de la ciudad. El abuelo tenía incluso un reloj de cuco que a cada hora salía y hacía "cucú".

Pero cuando ya estaba a punto de caer dormido, vencido por el cansancio, el abuelo los despertó.

— ¡¡Abuelo, que todavía es de noche aún!! —protestó Carlos.

— ¿Pero tú quieres tocar las nubes?

Carlos iba a mandar las nubes a freír espárragos, pero Alberto ya estaba tirando de él.

Así, después de un desayuno nuevamente con bizcochos, se encaminaron al monte. Estaba todo oscuro como la boca de un lobo, no se veía nada. Carlos no entendía cómo el abuelo podía moverse a oscuras, a lo mejor tenía visión de rayos infrarojos de serie. 

Caminaron durante horas, para Alberto durante días, para Carlos durante semanas. El abuelo se movía con más agilidad que ellos, parecía incluso un chaval. Todo el tiempo que caminaron subieron y subieron. Nadie podría pensar que hubiera montañas tan altas, parecía que habían llegado a los diez mil metros... o más.

Hasta que, de repente, el abuelo dijo:

— Aquí nos quedamos.

Los dos chavales venías sin aliento, con la lengua fuera. Se sentaron y comenzaron a recuperarse. De repente, Alberto dijo:

— ¡Estrellas!

Efectivamente, en el cielo había docenas, centenares, millares de estrellas. Se veían perfectamente.

— ¿Es que en la ciudad no veis las estrellas? —preguntó extrañado el 

abuelo.

— No —respondieron los dos chavales al mismo tiempo.

— Ah...

Y poco a poco por el este empezó a surgir un brillo anaranjado que despacio se fue extendiendo hacia el resto del cielo.

— Está a punto de amanecer.

Lentamente la luz iba llenándolo todo. Así, los dos chavales descubrieron que estaban en alto de un monte, en un pico, la mucha altura. Pero lo más 

fascinante es que por debajo de ellos no se veía nada, solo nubes.

— Abuelo, ¿a dónde nos has traído? —preguntó Carlos espantado.

El abuelo sonreía.

— Eso que ves ahí es niebla.

— Ah, menos mal, pensé que eran nubes.

— Pero, Carlos, la niebla son nubes bajas.

— ¿Estás de broma?

— No. Y verás, si esperamos un ratillo, la niebla subirá, en cuanto salga el sol. Y estaremos rodeados por ellas.

Efectivamente, cuando el sol salió, la niebla empezó a levantar y rodeó al abuelo y los dos chavales.

— No veo nada —dijo Carlos.

— Yo tampoco —admitió Alberto.

— Carlos, toca ahora las nubes...

— ¡Qué disparate, no puedo!

— Pero ellas sí te están tocando, ¿o no?

Carlos no dijo nada. Solo pensó. Al final reconoció que el abuelo tenía razón, que estando rodeado de nubes, estas sí lo tocaban.

Sin embargo, aquello no duró demasiado. Las nubes acabaron de levantar del todo y el sol se mostró. El valle abajo era perfectamente visible. Hasta se veía la aldea como una cagadita de mosca, allá, al fondo. Qué barbaridad, ¿cuántos kilómetros los había hecho subir el abuelo durante la noche?

— ¿Tenía o no tenía yo razón? —preguntó el abuelo con una sonrisa.

Carlos no quería reconocerlo.

— Dilo —insistió el abuelo.

— La tenías —acabó reconociendo Carlos.

— Está bien, pues ahora te digo que soy capaz de tocar los cuernos de la luna...

— Eso sí que no me lo creo...

— ¿Quieres comprobarlo?

— Y tanto, pero tendrá que ser durante el verano, cuando no tenga clases en la escuela.

— Muy bien, te lo demostraré.

Y el abuelo extendió la mano al nieto, quien la apretó con fuerza.

El chófer del padre de Carlos llegó puntual después del almuerzo. Recogió a los dos chavales y se dirigió sin tardanza a la ciudad, antes de que hubiera atasco en la autopista.

— ¿Y qué tal por la aldea? —preguntó el padre de Alberto.

— Bien, papá, me lo he pasado de miedo. Es una pena que no tengamos nosotros también una aldea donde ír.

— Pues sí... —reconoció el padre.

— ¿Y sabes una cosa? He recogido un trozo de nubes —dijo Alberto.

Ahí Carlos ya no pudo seguir callado y dijo:

— No digas bobadas, eres peor que mi abuelo.

— ¿Quieres verlo?

— Pues claro.

Alberto se metió la mano en el bolsillo y sacó un frasquito de plástico 

transparente con una tapa azul. Se lo enseñó a su amigo:

— Mira.

Carlos lo miró desde todos los ángulos, pero el interior parecía completamente vacío.

— Ahí dentro no hay nada.

— Mira que eres cabezota —le respondió Alberto—. Puede que no se vea, pero ahí dentro guardé yo un trozo de nubes, o de niebla, cuando estábamos allí en alto. Y si no quieres créertelo, es cosa tuya. Tampoco se ven las estrellas en la ciudad y, sin embargo, ahí arriba están.

Y sin más, el coche siguió el camino de regreso a la ciudad, a la gran ciudad.


© Frantz Ferentz, 2012


lunes, 12 de marzo de 2012

LUDMILA Y SUS RAZONES



A mi amiga Mar, la de las 4 Emes

Ludmila era una persona superracional.

Esto quiere decir que pensaba y pensaba, que todo lo vivía pensando, pero que sentía poco.

Su madre le decía:

— Hija, tienes que sentir más. Deja a tu corazón hablar...

— El corazón no habla —decía ella.

— Es verdad que no habla con palabras, pero sí se expresa.

Pero ella decía que eso eran bobadas.

Sin embargo, la madre fue a hablar con la abuela, que era persona sabia, gracias a sus muchos años.

— Ludmila no deja salir sus sentimientos —explicó la madre—, solo piensa. Estoy preocupada por ella.
La abuela pensó en ello.

Y enseguida encontró la solución.

Llamó a la nieta.

— Ludmila, ven a verme.

Ludmila acudió rápido y, justo cuando iba por el pasillo, la abuela le puso la zancadilla y Ludmila salió volando hasta que aterrizó en un cazamariposas gigante.

Allí se quedó apresada.

Ludmila intentó revolverse como una loca y, al hacerlo, notó que el corazón se le iba para abajo y que el cerebro se le iba para arriba.

Cuando la abuela entendió que el proceso ya estaba completo, agarró unas tijeras y abrió el cazamariposas.

Ludmila se bajó de allí toda mareada.

— Mi madre, qué miedo he pasado —dijo la chavala.

— ¿Y por qué? —preguntó la abuela.

— No lo sé, era miedo, y nada más —dijo ella.

La abuela sonrió.

La nieta iba a tener una temporada el corazón donde el cerebro y el cerebro donde el corazón, solo para compensar, después habría que buscar cómo equilibrar la cosa, pero esa, amigos, es otra historia.


© Frantz Ferentz, 2012